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Roça Agua Izé – foto ganadora del Premio Enaire expuesta en PhotoEspaña 2017

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proyecto de Filippo Poli y Isabella Gama, fotografias de Filippo Poli 

Descubrir São Tomé y Príncipe es como ir a una isla que no existe, tan pequeña que no aparece en los mapas, difícilmente se nota en el Golfo de Guinea, pero todos nosotros, tarde o temprano, hemos probado un pedazo de ella.

A mediados del siglo XIX, esta tierra tropical, que se compone de dos islas situadas en el ecuador, a 300 km de la costa africana, llegó a ser el mayor productor de cacao del mundo. Traída desde Brasil, en esta isla la planta de cacao encontró su hábitat perfecto y mucha mano de obra importada a bajo precio desde Cabo Verde y del cercano continente africano.

No está claro, incluso hoy, si el archipiélago era, antes de la llegada de los colonizadores, virgen o habitado por una población local de origen angolano. Cierto es que, a partir del siglo XV, la economía de la isla se basaba principalmente en la producción de caña de azúcar y en la trata de esclavos. Durante siglos la isla funcionó como un hub de clasificación de los deportados africanos que embarcaban en los barcos de las potencias europeas para ser vendidos en sus colonias americanas.

Sólo en el siglo XIX São Tomé y Príncipe se convirtió en una rica colonia, cuando los portugueses fundaron grandes fincas para cultivar café y cacao. Esto duró hasta 1869, cuando comenzó un lento declive, después de la abolición de la esclavitud, debido a la rebelión de los trabajadores y el boicot internacional contra el “cacao esclavo” de la colonia portuguesa.

Organización de los trabajadores en la Roça Agua Izé

El sistema de producción resistió hasta 1975, las últimas empresas cerraron sus puertas en 1990 y, desde ese momento, estas islas han caído en el olvido. Sin embargo, queda un sorprendente patrimonio arquitectónico, llamado “roças”, un término portugués que indica el complejo sistema latifundista de explotación de tierras que cambió la historia de este pequeño país durante siglos.

Esta gran maquinaria de agricultura intensiva incluía normalmente secadores, almacenes, “senzalas” – las casas donde vivían los trabajadores -, una iglesia, una escuela y, a veces, trenes que unían las sucursales a las roças principales y al mar.

La casa principal, donde vivía el patrão – el terrateniente – y el hospital, dominaban todo el asentamiento desde un eje monumental o desde una posición superior de control. Ambas arquitecturas, caracterizadas por un estilo portugués y europeo, eran un símbolo de poder. Se trataba de áreas prohibidas para los trabajadores de campo que debían cumplir con un estricto ordenamiento de las horas de trabajo, someterse al patrão y a la restricción de la libertad individual ya que no podían abandonar la finca ni regresar a sus países de origen.

Vista general de la Roça Boa Entrada

Secadores de cacao

Grupo de trabajadores en la Roça Vista Alegre

Existían fronteras físicas insuperables, como el acceso a la casa principal o al piso superior de los hospitales, que estaban mejor equipados y dedicados exclusivamente a los europeos. Sin embargo, son principalmente los límites psicológicos, inculcados durante siglos de dominación, que todavía aparecen en la sociedad como fantasmas y en la forma de una falta de auto-determinación y auto-organización. El pueblo de São Tomé todavía experimenta sentimientos diferentes por las roças, una mezcla de nostalgia y rencor por un pasado que ofrecía trabajo para todos, pero sin la garantía de derechos.

La arquitectura es el último símbolo tangible de este mundo y forma parte de la identidad de esta población. Las historias, contadas por los habitantes de estas comunidades, escapan el orgullo por la belleza de estas construcciones, pero también un sentimiento de impotencia y extrañeza para aquellas casas donde nunca han podido vivir. Un sentimiento latente de inferioridad y la falta de medios económicos, incluso después de las expropiaciones de los años 80, les impidió de sentir que tenían derecho de vivir allí, generando así saqueos y abandono de las roças.

La frontera impuesta entre el mundo del terrateniente y el de los trabajadores no parece haber desaparecido, ni siquiera después de la independencia de 1975. La dicotomía patrão / roças y esclavos / senzalas, ha transformado y creado una nueva frontera que es bien descrita por la expresión peyorativa “gente da roça” – personas de la roça -, que se aplica a las personas que viven en las plantaciones, que continúan a ser considerados guetos y están relegados al estrato más bajo de la sociedad.

La narración fotográfica de unas treinta roças, intenta reconstruir la memoria de estos lugares documentando la realidad actual y dando vida a este patrimonio arquitectónico que está a punto de desaparecer para siempre.

El proyecto se desarrolla en torno a dos temas: el primero se refiere a las estructuras principales de las roças, fotografiadas con largos tiempos de exposición para restablecer la idea de intocabilidad y destacar la fuerte frontera, aún sensible hoy en día, entre la majestuosidad de estas arquitecturas y su contexto; el segundo es un retrato de la vida cotidiana de estas comunidades que, a pesar de las dificultades, siguen siendo parte activa de la historia de estos lugares.

sao tome principe roças filippo poli

Roça São Nicolau

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Roça Boa Entrada

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Roça Java


Premios y exposiciones de la serie «Roças de Sao Tomé, un [casi] tesoro perdido» en 2017:

  • 1er premio en el Premio Enaire. La foto «Agua Izé» es parte de la Colección Enaire
  • Exposición en PhotoEspaña, Instituto Cervantes, Madrid
  • Exposición en la Fundació Vila Casas, Torroella de Montgrí
  • Mención en el Premio Architekturbild, Alemania
  • Exposición en DAM – Deutsches Architekturmuseum, Frankfurt
  • Mención de Honor en el International Photography Awards
  • Nominado en el premio Fine Art Photo 2017

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