La Catalana, Barcelona

La Catalana, Barcelona

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Al pasar el túnel de la ronda litoral de Barcelona se desembarca en otro mundo, parado en el tiempo. La Catalana era una comunidad en un barrio de Sant Adriá atrapado entre Barcelona, las vías del tren y el Rio Besós. Yo entré aquí por primera vez en un domingo de deriva urbana en el invierno de 2009, sin saber casi nada de lo que estaba pasando, una condición parecida a la de muchos de sus habitantes.

Me encontré con caballos, cabras, aves, praderas y arboles selváticos, la tranquilidad se rompía solo por el paso de los trenes y el tráfico de la ronda.

catalana barcelona Sant Adriá Besós españa bw

©Filippo Poli

En esta época el barrio de La Catalana, que debe su nombre a la central térmica “Fluidos Eléctricos la Catalana”, estaba hecho de modestas casas de planta baja, muchas ya deshabitadas, y solares vacíos ya listos para recibir grandes torres de viviendas sin historia ni alma.

Las casitas sirvieron para alojar a los trabajadores de la compañía eléctrica cuando aquí se desarrolló una vida de barrio, humilde, pero con todo lo necesario: bares, panaderías y un vecindario solidario formado por obreros y familias gitanas que se habían instalado en esta zona de la ciudad que bordea la Mina, un lugar para muchos sinónimo de tráfico de drogas y vandalismo.

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©Filippo Poli

Cuando fui no tuve en ningún momento la sensación de peligro, alguien se acercó a mi cámara, una niña me pidió que la retratara, no había ninguna intención de amenaza, más bien de resignación por algo que le estaba cayendo encima, la ciudad moderna con todos su confort y sus pisos uniformados.

En la zona norte del barrio las primeras torres ya dominaban el paisaje con su arquitectura anónima, las calles sin vida y los árboles plantados geométricamente intercalados por farolas de acero. Este era, para los más afortunados, el futuro que les atendía.

Pasaron muchos años, en el 2016, leí por casualidad un artículo sobre el barrio y sus problemáticas: pisos recién construidos y aún vacíos, okupas, ancianos con miedo de salir de casa y vecinos que para comprar una barra de pan tenían que cruzar el rio porque ya no había panaderías y la casi total ausencia de comercio y servicios mínimos.

La intención de este trabajo non es alimentar una nostalgia del pasado, lejos de ser perfecto, sino ayudar a reflexionar sobre el porque, no obstante los inúmeros ejemplos negativos, se siga proponiendo el mismo modelo de desarrollo urbano.

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©Filippo Poli

Mi pequeña aportación para una visión mas critica fue documentar este mundo a punto de desaparecer (probablemente cuando tu leas ya será parte de la historia de la ciudad): sus últimos habitantes, las derribos de las casitas, unos raros objetos parecidos a fantasmas que anunciaban la desaparición de las vidas e historias de este lugar, el amenazante cartel al lado de la Ronda que anuncia la llegada las nuevas torres (aún seguía allí después de siete años..) y luego, en mi visita del 2016, los movimientos de tierras, los huertos urbanos que se insinuaban en los descampados y las últimas huellas de un uso ya solo efímero de este lugar donde de las casitas ya no había ninguna traza.

©Filippo Poli

A mitad del 2017, perdiéndome en bici por la ciudad, pasé otra vez por aquí, sin cámara; ahora toda el área está vallada, las montañas de tierras se han movido o han sido aplanadas, los huertos y las barracas ya no se ven, todo apuesta a que dentro de un par de años este terrain vague será devorado por el hambre de ladrillo. Volveré.

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