Expo Dismantling

Expo Dismantling

Texto y fotos de Filippo Poli  (2016)


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Empecé a frecuentar la Exposición Universal de Milán en febrero de 2015, el recinto parecía un hormiguero entre atascos de camiones y miles de obreros; nunca había visto una obra tan grande y compleja debido a la cantidad de proyectos que se estaban llevando a cabo simultáneamente. Los grandes toldos del Decumano ya estaban allí, los pabellones empezaban a crecer, casi todos construidos en seco para acelerar el proceso de edificación; algunos países levantaban su estructura muy rápidamente, para otros parecía que solo un milagro los hubiese podido ayudar a terminar a tiempo.

Cada dos semanas volvía a la Expo para documentar el desarrollo de algunos pabellones; los años perdidos por las querellas políticas tenían que ser recuperados por los profesionales de la obra, desde los arquitectos hasta los paletas, que debían de acabar en pocos meses lo que normalmente hubiera necesitado años de construcción. Todo el recinto estaba bajo control policial por las amenazas de manifestaciones y disturbios de los conocidos black blocks, pero caminando hacia los torniquetes de control habían “zonas de condescendencia”: una cola de inmigrantes que todas las mañanas esperaban afuera de las vallas para ser contratados por jornada. El sistema de organización había colapsado y la economía informal era la única opción para sacar las obras adelante. En la última fase antes de la apertura, profesionales del maquillaje – empresas de instalaciones de ferias y sets televisivos – se sumaron a las constructoras para disimular lo que estaba inacabado y dejarlo listo para la inauguración oficial del 1er de mayo.

©Filippo Poli

Luego vinieron 21 millones de visitantes, la prensa celebraba este grande éxito con artículos triunfales sobre el renacimiento de Milán y de Italia. Llegaron varios encargos y en esta época documenté diferentes pabellones; el trabajo de fotógrafo de arquitectura es una labor bastante solitaria, a veces al final del día puedes dialogar con la obra que tienes adelante. Pero este no fue el caso: fotografiar en Expo quería decir encontrar la mejor posición desde donde disparar y esperar, a veces mucho tiempo, para conseguir algunos segundos sin el ruido de fondo del flujo continuo de personas que cubrían el plano que quería fotografiar.

Esta hubiera podido ser una Expo diferente, el concept plan, planteado por Herzog, Rylander, Burdett y Boeri, tenía la ambición de proponer un modelo de referencia para un nuevo tipo de relación entre lo urbano y lo rural. Estaba basado en un principio de igualdad entre países eliminando la competición entre naciones para lucir las obras más extravagantes, pero fracasó porque no supo tener en cuenta los cambios políticos, en el ayuntamiento y en la región, y las presiones de los inversores privados.

©Filippo Poli

Pero algo quedó, por ejemplo, la idea de una Expo más ligera con la invitación a los participantes, por parte del Bureau International des Expositions (BIE), a la reutilización de los pabellones. La experiencia de Sevilla ’92 ya hace parte del pasado pero Expo sigue siendo un evento anacrónico. Lo que fue una recomendación hubiera podido ser un compromiso ineludible, obligando los países a planificar el desmontaje y la recolocación de los pabellones, incluyendo desde el principio en el presupuesto sus costes y beneficios que van más allá de una mera cuenta económica. Es suficiente considerar la experiencia de los módulos de madera del pabellón de Save the Children que habían sido proyectados para poder ser remontados con un layout diferente y ahora acogerá una escuela en Líbano. Un edificio cuya calidad de los materiales y la eficiencia energética será superior a la media de las escuelas de este país.

©Filippo Poli

El reglamento del BIE preveía que dentro de 14 meses a partir del final de la exposición las naciones participantes deberían devolver la manzana así como la recibieron, y así será, pero lamentablemente el destino de muchos pabellones aún no está definido. No son muchos los virtuosos que han conseguido encontrar una segunda ubicación, el listado de las destrucciones es desafortunadamente más largo de los que han sido desmontados. Sin embargo Expo lentamente se está adaptando a los tiempos, ya es inaceptable el desperdicio que un evento de esta envergadura supone y se intenta estudiar una estrategia para evitarlo.

La red playground que atravesaba el pabellón de Brasil viajará al sur de Italia donde será una atracción del Foof, el Museo del Perro de Caserta, mientras que el pabellón de E.E.U.U está siendo desmontado pieza por pieza y sus sinuosas fachadas serán enviadas a los Emiratos Árabes, en la ciudad de baja emisión de Masdar City, también obra de Foster&Partners.

©Filippo Poli

El pabellón de Mónaco ya había sido pensado para facilitar su envío a Loumbila, en Burkina Faso, donde será reutilizado por la Cruz Roja; el desmontaje ha tardado 4 meses, todo el mobiliario, la estructura de madera y las ventanas han sido empaquetados y enviados al puerto de Génova. Como en el caso de Save the Children, la recolocación de estos pabellones en un país en desarrollo regalará una estructura de alta calidad al país que los reciba.

El pabellón de Uruguay ya ha sido remontado por iniciativa privada en el norte de Italia y seguirá siendo un restaurante, mientras que las miles de luces de LED de Reino Unido están siendo instaladas en el Kew Garden de Londres.

Algunos pabellones han evaporado, en la tierra quedan algunas trazas de las fundaciones y barro; otros se encuentran lacerados, otros parecen haber sido bombardeados pero se resisten estoicamente de pie. La perspectiva histórica aún no nos permite reconocer si esta Expo dejará un legado como el Grand Paláis de Paris, que en su época fue criticada por muchos artistas e intelectuales. Podría ser que en el futuro Expo se convirtiera en un evento catalizador capaz de repartir en diferentes lugares del mundo la sinergia que solo un evento de esta magnitud puede generar.

©Filippo Poli

Expo terminó en octubre de 2015 y a finales de este mismo año sus puertas volvieron a abrir para los camiones y los obreros que ahora están desmontando los pabellones como un grande rompecabezas. He podido acceder al recinto en otras dos ocasiones desde el cierre al público: después de haber visto todo el proceso de construcción y acompañado los meses de desarrollo del evento, se cierra un ciclo documentando las huellas de lo que allí había, y con ellas las máquinas devoradoras de metal, las sierras y la paciente labor de los trabajadores que clasifican los materiales.  Allí donde hace unos meses luchaba para encontrar un buen punto de vista para disparar, ahora camino solo a lo largo del Decumano, a mí alrededor un paisaje post atómico.

Los voluntarios han rescatado muchas plantas, pero el verde que no puede sobrevivir sin riego artificial ya está muerto y, mientras tanto, el Tercer Paisaje (G.Clement, 2004) ya ha ganado algunas áreas del sitio entre los esqueletos de las estructuras y los jardines abandonados. También ahora Expo tiene su propio encanto.

La serie fotográfica presentada en estas páginas quiere levantar algunas preguntas no solo sobre la arquitectura sino también sobre nuestra sociedad y el sentido de estos eventos.

©Filippo Poli

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Para ampliar la visión de este evento y sobre las ruinas de nuestro tiempo, recomiendo el texto de Martí Peran publicado en el portal Transfer junto a mi reportaje fotográfico: